Bermúdez colapsa la Tres de Mayo

 

El colapso circunstancial de la avenida Tres de Mayo no es culpa de los taxistas. El verdadero culpable de la insostenible situación de casi mil familias santacruceras, las de los conductores del servicio público de autotaxis, es el alcalde José Manuel Bermúdez.

Que nadie se lleve a engaños. Cuando los voceros a sueldo del consistorio y los escuderos municipales del máximo regidor, tratan de llevar a la opinión pública la malintencionada idea de que los taxistas son muy malos y colapsan la ciudad por Navidad, se está mintiendo para tapar la nefasta gestión llevada a cabo en un sector arruinado.

Tanto el alcalde como el concejal, Dámaso Arteaga, no sólo han incumplido compromisos y acuerdos plenarios, sino que vacilan a profesionales del taxi que sufren una situación a la que les ha llevado el Ayuntamiento junto a otras administraciones.

Utilizando argumentos falsos, tratan de culpabilizar a los taxistas de un terrible daño al pequeño comercio y a los vecinos. La realidad es bien distinta.

La manifestación del taxi a finales de diciembre y principios de enero se ha limitado a un recorrido de cientos de vehículos, haciendo sonar sus bocinas en la Tres de Mayo, donde no existen pequeños comercios sino grandes centros comerciales. Molesto para quien coincida en los horarios de la protesta, pero absolutamente legal.

Los taxistas tienen todo el derecho del mundo a mostrar su descontento. Lo han argumentado en distintos medios y están cargados de razones para pedir que el Ayuntamiento establezca, de una vez por todas, los mecanismos necesarios para que se cumplan los acuerdos del pleno.

Bermúdez heredó de la anterior corporación un rescate de licencias del que se podrá discrepar, pero que se sustenta en que la capital no soporta tanto taxi. Como dice la famosa canción de salsa: “No hay cama pa´tanta gente”. Fue el propio Ayuntamiento quien repartió a principio de los ochenta las licencias que hoy sobran, cuando las guaguas no llegaban a todos los barrios.

El Ayuntamiento, a lo largo de casi cuarenta años, no ha planificado un servicio público que debe adaptarse a los nuevos tiempos. No se ha ocupado de un sector que la ciudad necesita, pero con una regulación y planes que no han llegado a tiempo.

La irrupción del tranvía, válido e incuestionable como transporte limpio y eficaz para cercanías, tampoco tuvo en cuenta lo que pasaría con el sector del taxi. Daños -el exceso de taxis y el tranvía-, que se suman a la crisis económica que dura más de la cuenta y de lo deseado.

No son culpables los profesionales del taxi de Santa Cruz de estarlo pasando tan mal. Si en la ciudad lo habitual era ver circular Mercedes con raya azul, ahora sólo se ven vehículos marcas blancas. Ser taxista era no sólo un orgullo sino una manera de ganarse dignamente la vida, con ingresos suficientes para procurar buenos estudios a los hijos e incluso permitirse una vacaciones anuales en cualquier rincón de Canarias.

Hoy ser taxista es uno de los mayores sacrificios de una ciudad que se jacta, mediáticamente, de crear empleo de calidad. Ser profesional del taxi en estos días es una ruina que nadie quiere. Muchos han caído en la más absoluta desesperación al no poder atender los gastos mínimos necesarios que les permita mantenerse. Y eso trabajando una media de 15 horas diarias.

Sin embargo, el taxista de Santa Cruz, ese que el alcalde Bermúdez ha demonizado las últimas semanas, es el único transportista que aún ayuda a subir la compra a sus casas a señoras de edad. El que no se lo piensa medio segundo y acude a cualquier llamada de emergencia para llevar un enfermo al hospital. Sin duda, el mejor embajador que tiene la capital de Tenerife a quien José Manuel Bermúdez y su coro de bienpagados, niega incluso el derecho constitucional de protesta.

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